Inmigración en Argentina: ¿Retener, detener, deportar?

Inmigración en Argentina: ¿Retener, detener, deportar?

Para soluciones a corto, mediano y largo plazo ¡mejor documentar!

Hace más de 40 años que personas de todo el continente sudamericano eligen “venirse a la Argentina” para trabajar. Muchas se emplean en la construcción, en hospitales, en restaurantes, en oficinas, en quintas, en escuelas, en asociaciones, en comercios, en talleres textiles, en talleres mecánicos, en fábricas, en farmacias, en supermercados, en geriátricos, en call-centers, en casas de familia…

Entre 2004 y 2014 casi un millón de extranjeros regularizaron su situación migratoria: consiguieron “los papeles” (el DNI de residente), muchos después de diez o quince años de indocumentación. ¿Por qué tantas personas obtuvieron sus papeles en tan poco tiempo?  Porque pudieron.  En 2003, la ley migratoria estableció requisitos razonables y los inmigrantes demostraron su voluntad de cumplirla regularizando su situación masivamente. Esperaron meses por los turnos ante la Dirección Nacional de Migraciones, hicieron horas y horas de colas, presentaron cantidad de papeles sellados (incluyendo la carencia de antecedentes penales), pagaron tasas migratorias y volvieron a esperar meses hasta tener el DNI en sus manos. Demostraron que nadie quiere estar irregular, nadie quiere estar sin documentos.

Según el Censo Nacional de Población de 2010, en Argentina residen 1.800.000 personas extranjeras, que representan el 4,5% de la población total.

En los últimos tiempos también llegaron personas de otros países: China, Taiwán, República Dominicana, Senegal, Corea, México, Filipinas, la India… Algunas de ellas lograron “los papeles” y otras no, pero todas desean regularizarse y lo intentan por todas las vías posibles. A algunas les falta un sello de ingreso (otro día contaremos por qué), otras trabajan “en negro” o son cuentapropistas, otras más lograron un primer DNI de residente temporario (que vence a los 12 o 24 meses) pero no lo pudieron renovar –también otro día contaremos por qué… Todas estas personas (las que pueden documentarse y las que no) vienen a Argentina porque muchas razones: para trabajar (¡claro!), pero también porque aquí viven sus padres, sus hijos, sus hermanos o sus primos, o porque se enamoraron, o porque quieren recorrer, o estudiar… Saben que será duro, que tendrán que esforzarse (y mucho), que extrañarán (también mucho) y probablemente muchas veces dudarán de su decisión.

Si en este panorama de incertidumbre hay personas que no se pueden documentar (no porque no quieran, sino porque los requisitos para hacerlo no guardan relación con la vida real y cotidiana de la gente común y corriente), y además las que no se documenten serán detenidas (perdón, “retenidas”) y luego deportadas, nosotros los argentinos, los nativos, los que no somos inmigrantes, nos estamos comprando unos cuantos problemas. ¿Qué problemas? Todos los problemas que nacen de la desigualdad, de la injusticia, del enojo y de la frustración. Ciertamente, la irregularidad migratoria genera problemas inmediatos para los inmigrantes, pero también inmediatos, a mediano y largo plazo para toda la sociedad: explotación, trabajo informal (con su mengua de aportes a los sistemas jubilatorios y de salud), deterioro de viviendas y de espacios urbanos, informalidad comercial, evasión de impuestos, menor participación en la vida social y comunitaria, etcétera, etcétera, etcétera. Incluso trata y tráfico de personas, dos fenómenos complejos pero vinculados a las dificultades para migrar legalmente.

Aunque suene increíble, existe un único remedio probado, económico y eficaz para la irregularidad migratoria: la documentación mediante requisitos razonables.  La prueba más contundente es nuestra propia historia: la Ley Avellaneda (de 1876) que tanto nos enorgullece fue una máquina de regularización de extranjeros. Para los nativos de ese entonces, esos inmigrantes eran grandes extraños, con otros idiomas, otras costumbres y otros usos, pero apostaron por ellos garantizándoles todos los derechos civiles. A menudo se escucha que los argentinos (algunos) son descendientes de inmigrantes europeos, y se valora muy positivamente ese origen. A no confundirse: no son principalmente descendientes de migrantes europeos, sino descendientes de migrantes documentados. Hoy en día, con otros argentinos y otros extranjeros, el desafío es el mismo: documentar e igualar como vía a una sociedad más justa y por ende menos violenta.

Un mejor presente es un mejor futuro.

 

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Ianina Lois administrator

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